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MIGUEL LAWNER, COLABORADOR DE LA FUNDACIÓN PABLO NERUDA OBTIENE PREMIO “ARQUITECTO MAYOR” OTORGADO POR LA UNIVERSIDAD MAYOR.

El reconocido arquitecto, gestor de obras como el edificio de la UNCTAD (actual GAM), el Parque O´Higgins y el proyecto “Habitar poético en Cantalao”,  fue reconocido por la Universidad Mayor este 2017. Les compartimos su discurso de agradecimiento.

EJERCIENDO CON PASIÓN EL OFICIO DE ARQUITECTO

 

Palabras en agradecimiento al Premio otorgado por la Universidad Mayor.
19.12.2017

Ingresamos a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Chile en 1946, cuando aún no se apagaban los fuegos de la Segunda Guerra Mundial. Pertenecemos a la generación formada en medio de la ola progresista que recorrió la humanidad, después de haber sobrevivido a esa terrible conflagración.
En nuestra Escuela, -además-, el movimiento estudiantil había conquistado una profunda reforma en los planes de estudio, pulverizando los principios de la Academia aún imperantes. Los profesores identificados con ese espíritu arcaico, fueron sustituidos por representantes de la vanguardia, que establecieron nuevos planes de estudio fundados en los preceptos de la Bauhaus..
La Reforma impuso el concepto del arquitecto integral, donde el hombre y su entorno social, eran el centro de la enseñanza. Se eliminaron los exámenes y se impuso la libre elección de cátedras. Representantes estudiantiles pasaron a formar parte del Consejo Docente de la Facultad. Nos sentíamos protagonistas de un movimiento profundamente democrático, humanista y, solidario.
Desde Europa nos llegaban las primeras realizaciones de postguerra, que reconocíamos como modelo a seguir en nuestras latitudes. Las primeras New-Towns en los suburbios de Londres, o las Unidades Vecinales en Copenhague y Estocolmo que confirmaban las bondades del nuevo urbanismo, diseñando conjuntos habitacionales con una clara zonificación funcional, dotados de un completo equipamiento y separando la circulación peatonal y de vehículos.. Igual admiración sentíamos al conocer la reconstrucción del centro de Rótterdam, donde los colegas Bakema y Van der Broek ponían en práctica los principios tan largamente postulados por la Carta de Atenas, documento histórico emitido por el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna celebrado en 1933, y que aspira “no a una ciudad que funcione mejor, sino una ciudad que funcione para todos, y reparta equitativamente las mejoras entre todos sus ciudadanos”. 
Estábamos convencidos de poder cambiar el mundo por vía de un “buen urbanismo y una mejor arquitectura.”
A lo largo de la inolvidable década del sesenta logramos nuestra consolidación profesional. La creación de la CORVI fortaleció la iniciativa estatal en materia de vivienda social, ampliando nuestro campo profesional.
Los gobiernos de la época impulsaron la convocatoria a concursos públicos de arquitectura, para los conjuntos habitacionales más significativos, sin restricción alguna a los participantes ni por edad ni por antecedentes, ni por nada. Bastaba tener el título, y estar inscrito en el Colegio de Arquitectos, para poder presentarse.
Fue la década de los sueños, de las legítimas utopías, no solo en Chile, sino que en todo el mundo. Fueron los años en que lo imposible parecía posible, como lo vocearon los levantamientos populares de París en Mayo del 68. Fueron los años de John Lennon concibiendo en “Imagine” un mundo idílico de paz y solidaridad o cuando el pastor Martin Luther King, alzaba su voz para decir simplemente: I have a dream, culminando las multitudinarias marchas por los derechos civiles en Washington, que arrinconarían la segregación racial existente en los Estados Unidos. Fueron los años de la Violeta dando Gracias a la Vida; los años de Julio Cortázar y Gabriel García Márquez innovando la literatura; los años de la revista de arquitectura AUCA, de la cual fui su secretario de redacción. Fueron los años del Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA celebrado en La Habana el año 1963, con una Revolución aun fresca, donde tuvimos el privilegio de dialogar con el Che Guevara, o escuchar el increíble discurso de clausura de Fidel Castro. .
Así desembocamos en 1970, con el triunfo de Allende y la oportunidad de materializar tantos sueños hilvanados a lo largo de los años: una vivienda digna y una ciudad para todos.
Atacamos de verdad – no retóricamente- la especulación, haciendo posible el anhelo de una vivienda adecuada para todos los chilenos, cualquiera que fuera su condición social, en buenos suelos urbanos
Por estos días ha hecho noticia la declaratoria como monumento nacional de los dos bloques de vivienda sobrevivientes de la demolición del conjunto habitacional Compañero Ministro Carlos Cortés (ex Villa San Luis). Mil familias fueron despojadas brutalmente de un bien raíz adquirido conforme a todas las normas legales vigentes a la época. La dictadura dejó en claro que Las Condes es un territorio excluyente: sólo para los ricos.
Para nosotros -en cambio- el derecho a la ciudad fue un paradigma irrenunciable.
La obra de equipamiento más relevante, fue sin duda la construcción del edificio destinado a recibir la III Asamblea Mundial de la UNCTAD que tuvo lugar en Abril de 1972, obra concebida para servir más tarde como gran centro cultural de Santiago (hoy conocido como GAM)
Cuarenta mil metros cuadrados se levantaron en el lapso de 9 meses, constituyendo una proeza colectiva de empresas constructoras, arquitectos, artistas y obreros, que despertó la admiración y el asombro de los 3.000 delegados extranjeros asistentes a dicha Asamblea.
Los mejores artistas nacionales se integraron a la obra: Bernal Ponce iluminó como un volantín, la claraboya exterior sobre el acceso principal, Marta Colvin labró un granito en el patio interior. Carlos Ortúzar fundió en metal la fuente de los 4 mundos emplazada en el patio exterior hacia la calle Villavicencio. Nemesio Antúnez diseñó los pavimentos frente al ingreso del casino. José Balmes, Gracia Barrios, Guillermo Núñez, Mario Total, Martínez Bonati e Iván Vial, vistieron los paramentos interiores de las Salas de Reuniones, con grandes tapices o murales. Juan Egenau moldeó en metal la puerta lateral por la Alameda y Ricardo Mesa los tiradores en bronce de las puertas principales. Modestas bordadoras de Isla Negra tejieron la loca geografía chilena en un inolvidable tapiz multicolor y el imaginativo maestro mimbrero Manzanito colgó varios peces gigantes desde el cielo del casino.
¡Qué explosión creativa! ¡Qué armonía entre el Arte y la Arquitectura! Nunca vista antes ni después, en ningún edificio construido en nuestro país.
Los sueños fueron muy breves. Se hicieron trizas apenas mil días después, en Septiembre de 1973, cuando el golpe militar arrasó brutalmente con la tentativa de abrir camino a un cambio social por una vía pacífica. Se desmantelaron las estructuras económicas, políticas y sociales construidas a lo largo del Siglo XX, para imponer un modelo económico que dio al Estado un mero rol subsidiario, entregando toda la actividad productiva y de servicios a la iniciativa privada.
Han transcurrido 44 años desde entonces y este modelo continúa vigente, salvo escasas modificaciones.
Bajo la apariencia del progreso en infraestructura y el crecimiento económico, se agudizan problemas anteriores y se generan otros mayores y más graves: desigualdad, exclusión y segregación urbana, fragmentación socioeconómica, colapso del transporte, especulación inmobiliaria y la irrupción del narcotráfico en la vida ciudadana, generando un arco delictivo cuya violencia alcanza niveles inéditos.
Desde que regresé a Chile en 1984, tras ocho años de exilio, gran parte de mi actividad profesional está dedicada a luchar por recuperar el rol del Estado como conductor del desarrollo urbano y las políticas públicas en vivienda. No hemos logrado hacer conciencia al respecto, como lo ratifica el resultado de la elección presidencial efectuada días atrás, respaldando la opción que no propone cambios en las políticas subordinadas al mercado.
Las movilizaciones sociales en los últimos años han logrado posicionar en el primer lugar de la agenda política, la demanda por una educación gratuita y de calidad. Lo mismo ocurre con el clamor de poner fin a las AFP.
En vivienda sin embargo, no ocurre lo mismo y cada día nos informamos de nuevas intervenciones inmobiliarias, aprovechando la ausencia o ambigüedades de normas regulatorias, como ocurre en estos momentos con la proliferación de torres de vivienda de 100 metros de altura, levantadas en la comuna de Estación Central, agrediendo al entorno existente y llevando a niveles escandalosos la explotación del suelo urbano.
En mi opinión, los arquitectos tenemos la obligación ética de imponer el ejercicio de nuestra profesión en beneficio del bien común.
Es una circunstancia increíble, particularmente emotiva y también nostálgica, que esta ceremonia tenga lugar justamente en el ex Claustro de las Monjas Inglesas. Cuando asumimos el cargo de Director Ejecutivo de la CORMU, a fines de 1970, se había iniciado la demolición de este bello inmueble, decisión que revertimos, acordando su restauración, a fin de convertirlo en sede central de la institución.
Aquí mismo fue donde nuestros proyectos de arquitectura y urbanismo se hicieron una realidad. Estos muros centenarios acogieron debates -a ratos duros- reunidos en torno a los tableros de dibujo. Discutíamos cada centímetro cuadrado de cada proyecto, la calidad de sus terminaciones, los detalles de escaleras o de ventanas, los modelos de vecindario, las calles elevadas, la vialidad y los espacios comunes. Cada proyecto fue un parto colectivo, tan intenso como enriquecedor, con los dirigentes de los comités de vivienda preasignados a cada proyecto, participando día a día, aprendiendo y enseñando, atentos a compartir éxitos o a salvar obstáculos.
¡Qué duda cabe!: fue la experiencia profesional más apasionante en mi carrera profesional.
También fue aquí en el Claustro, junto a otros 43 funcionarios de la CORMU, que fuimos detenidos el 12 de Septiembre de 1973.

Estimado señor Rector; señora Decana de la Facultad de Humanidades; señor Director de la Escuela de Arquitectura, profesores y alumnos de la Universidad Mayor: agradezco muy sinceramente esta distinción, que debo entender como el reconocimiento a una trayectoria ejerciendo nuestra profesión dignamente, sin concesiones, junto a mi esposa Anamaría Barrenechea y a mi socio Francisco Ehijo.
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Algunos calificarán estas palabras como nostálgicas. Es posible. Al borde de cumplir los noventa años, tras casi 70 años de ejercicio ininterrumpido de la Arquitectura, oficio practicado con pasión en cualquier circunstancia, dentro o fuera de Chile, al pie de la cordillera o en las remotas islas de la Patagonia, diseñando aulas universitarias, pabellones industriales, municipios o modestas viviendas progresivas, editando una revista o defendiendo causas justas en los tribunales, siempre nos esforzamos, -a veces con tropiezos- por ser consecuentes con los ideales solidarios y humanistas, que abrazamos desde nuestra juventud.

Muchas gracias.

Miguel Lawner

18.12.2017.

 

 Fotografía: Marcha en el Parque O´Higgins, 1973.