Inicio » Sin categoría » Nona Fernández recuerda a Salvador Allende tras recibir premio Sor Juana en FIL

Nona Fernández recuerda a Salvador Allende tras recibir premio Sor Juana en FIL

El terror y la paradoja, de Nona Fernández

Discurso de aceptación del Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz

 

 

De niña, en el Chile de los setenta y los ochenta, padecí tres grandes terrores que me acechaban por la noche. El primero era el ruido de los helicópteros que sobrevolaban mi barrio. Los milicos se paseaban en el cielo nocturno para ir a allanar la villa que estaba cerca de mi casa. Nunca vi lo que pasaba allá, pero mi imaginación infantil se desataba entre las sábanas de mi cama recreando en mi cabeza escenas terroríficas, con persecuciones y detenciones, con golpes, gritos y balaceras. Desgraciadamente mi imaginación no estaba tan errada.

El segundo terror que padecí fue el de los apagones. Una vez cada tanto explotaba una torre de alta tensión en algún lugar de la ciudad y todo quedaba a oscuras. Black out, negro total. En ese escenario encendíamos un par de velas y pasábamos la noche así, con el peso de la oscuridad sobre la espalda, escuchando una radio a baterías que intentaba rastrear las noticias del apagón.

El tercer terror, que es el que más quiero enfocar esta noche de festejo, es un miedo atávico que siempre sentí a las monjas. Estudié en un colegio religioso. Había una de ellas en cada rincón. Sor Paulina en la sala de clase, Sor Consolata paseando en los patios, Sor Judith leyendo en la biblioteca, Sor Rosa vendiendo dulces en los recreos. Eran amables y cariñosas, estaban lejos de ser la caricatura de la rigidez y lo estricto, pero sus hábitos oscuros y sus tocas y sus velos me ponían muy nerviosa. Sus cabezas cubiertas levantaban mis sospechas, me hacían imaginar que escondían algo ahí abajo. Quizá una calvicie o una gran cicatriz o un tercer ojo en la nuca o algún otro rasgo inquietante y peligroso.

Cuando hace casi un mes atrás, la voz de la querida Laura Niembro me anunció al teléfono que yo era la ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz, un largo listado de emociones e imágenes desfilaron por mi cabeza. En ese carrusel de instantáneas insospechadas, de golpe, resucitó una escena en la biblioteca de mi colegio, en la que alguna de aquellas monjas de mi infancia, Sor Dora, para ser justa, me habló de una antigua hermana mexicana que escribía poemas. Así dijo, una “hermana mexicana”. Debo haber tenido ocho o nueve años cuando leí por primera vez uno de esos poemas. Mentiría si dijera que recuerdo cuál, pero debe haber sido la lectura de mis primeros versos. Seguro doña Gabriela Mistral me reclame desde su tumba, pero si mi memoria no me engaña, le debo a Sor Juana y a Sor Dora, y no a Gabriela, la lectura de mis primeros versos. Y en la felicidad del anuncio del premio, pensé que quizá ahí había partido todo para mí, en esa escena inaugural, en la inoculación de esos versos, y que finalmente todo era una paradoja porque mis terrores de niña estaban secretamente emparentados a este reconocimiento a mi escritura.

Qué enigma escondían aquellas monjas de mi infancia bajo sus velos, nunca lo supe. Pero debajo del velo de Sor Juana se escondía un poema. Mis sospechas de niña no estaban erradas. Sin duda había que temerles. Qué más inquietante y peligroso puede haber que un poema.

Siempre imaginé a Sor Juana encerrada en la tranquilidad de su claustro, en el silencio de su celda, con un espacio absolutamente sagrado para escribir y leer. En ese paraíso su genialidad y lucidez no podía más que robustecerse como lo hizo. Cuánto hemos fantaseado las mujeres con la idea de un espacio permanente y profesional para la escritura, una celda silenciosa donde ejercer a tiempo completo el oficio, sin el agobio del “Ángel de la casa”, como lo llamaba Virginia Wolf, ese agobio de lo doméstico, también de lo familiar, lo profesional, incluso de lo estético. Un paraíso de escritura sin costos y sin culpas.

Pero también imagino el infierno del encierro en el claustro, la incomodidad del disfraz de la monja, la molestia de esa toca calurosa, de ese velo sobre la cabeza. Y entonces vuelve el terror de mi infancia. Y vuelve la paradoja. Porque la escritura, la gozosa escritura fue, y sigue siendo para las mujeres, una zona incómoda. Aún escribimos reclamando visibilidad, exigiendo que no se nos catalogue, que no se nos rotule, que no se nos deje fuera de los grandes temas, de las grandes discusiones, de los grandes anaqueles. Aún nos castigamos con el silicio por todas las ausencias domésticas y familiares que cometemos cuando escribimos. Y pagamos los costos de tirarnos al vacío en este ejercicio tan peligroso como ese poema que escondía Sor Juana bajo su velo. Y otra vez el terror y la paradoja. Porque a eso se resume la escritura. Al terror y la paradoja. De qué se trata finalmente todo esto si no es de meter la cabeza y la pluma en ese terror, en los miedos antiguos y los futuros, pagar el precio que la vida nos cobra por hacerlo y correrles el velo, mirarlos a la cara, intentar descubrir el enigma, la cicatriz, el tercer ojo. Cargar con las culpas y hacerle frente a la oscuridad del apagón, volver a escuchar esos temidos helicópteros sobre el techo de la casa, desatar la imaginación y ver lo que nunca vimos.

Nací el año 1971, tenía dos años cuando llegó el Golpe Militar. Crecí en ese tiempo oscuro y extraño que fue la dictadura chilena, y salí al mundo entre marchas, velorios, helicópteros y funerales. Soy parte de una generación medio perdida, que no fue protagonista de nada, pero que observó con ojos adolescentes, e intentó a sus pocos años movilizarse. Creo que estamos un poco condenados al recuerdo. Quizá por eso, sin plan, sin propósito, como un acto orgánico, cada libro que he escrito lo he hecho pensando en esos niños que fuimos. Resucito historias que viví, que se cruzaron en mi camino, que escuché, que me contaron, e intento darles un espacio en el ahora porque creo firmemente en la posta de la memoria. Me interesa construir esa memoria colectiva. No la oficial, no la anquilosada en museos o manuales. No la de los buenos y los malos. No la que tranquiliza y apacigua. Creo en la memoria viva, la que hacemos entre todos, la hecha a retazos con los recuerdos de unos y otros. Creo en ese monstruo temible e inclasificable, que reclama y que exige. Porque así son los recuerdos. Ingobernables, rebeldes, antojadizos. Se salen del libreto, asaltan desde el pasado y nos hacen entender que el pasado no existe, que es tan sólo una inquietante dimensión del presente.

Los pastores en los campos, en las zonas donde la contaminación aún no ha llegado por completo, conducen sus rebaños dejándose guiar por las estrellas. Marcan sus rutas mirando esas luces lejanas que no son más que destellos de cuerpos astrales que ocurrieron hace millones de años. La luz de ese pasado es parte de nuestro presente, ilumina como un faro nuestro futuro. Esas estrellas hablan sobre nuestras cabezas. A ratos tienen las caras de los niños que fuimos y que ya no están, los que cayeron en un combate estúpido a los quince años. A ratos tienen la cara de los protagonistas de todos esos funerales y velorios a los que asistí de niña.

Walter Benjamin, anotó en sus Tesis Sobre Filosofía de la Historia, escritas en 1940, cuando intentaba atravesar los Pirineos escapando de la policía española y nazi que lo buscaba por ser judío y marxista, que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia. Todo vale en el registro, todo sirve en la recopilación, en el reciclaje de la escritura y la memoria. Yo me robo esas historias que siguen brillando sobre nuestras cabezas. Y como tengo vocación de forense o de médium, me gusta investigar esos cadáveres, ponerlos en la mesa de la autopsia, reconstituir las escenas de sus crímenes, escuchar sus voces muertas y hacer lo mismo que los pastores, lanzarlas al presente para que sirvan como una guía. Porque nada de lo que ha acontecido se debe dar por perdido para la historia.

El 2 de diciembre de 1972, hace casi cuarenta y siete años, el presidente chileno Salvador Allende Gossens, muy cerca de aquí, en la Universidad de Guadalajara, dio uno de los discursos más contundentes y sólidos de su corta e interrumpida carrera presidencial. En él se dirigió a los jóvenes estudiantes, y lanzó aquella frase tremenda, y a estas alturas tan manoseada, de que ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica. Habló, entre otras cosas, de los privilegios del estudiante universitario, de su responsabilidad histórica, de su necesario compromiso con su época. Y yo, que ando convocando muertos y escenas pasadas, cito estas palabras frente ustedes, porque tengo la fantasía de que alguno de esos jóvenes estudiantes esté aquí esta noche. Y quiero recordar con él o con ella ese discurso del pasado y dispararlo al presente traspasándolo a la escritura. Discursear desde este podio, jugando a ser Allende, y convocar a las jóvenes escritoras y los jóvenes escritores. Instarlos a escribir bien. Muy, pero muy, bien. Pero a hacerlo también con responsabilidad histórica. Abriendo la ventana a esta época delirante que es nuestro escenario. Tenemos el privilegio del manejo de la pluma, hagamos con él algo que dinamite, que nos explote en la cara y nos haga reaccionar. Ser escritor y no ser revolucionario, debiera ser también una contradicción hasta biológica. Y aunque la escritura es un espacio de libertad absoluta, libre de responsabilidades, otra cosa es lo que le toca a cada escritor. Libertad y responsabilidad histórica. Suena raro. Para algunos aburrido. Para mí aterrador. Y ahí otra vez la paradoja. Porque ya lo dije, a eso se resume la escritura, al terror y la paradoja. Vivimos tiempos extraños, ya lo sabe México. Ya lo sabe América Latina. Quizá nunca hemos estado fuera de ese lugar de extrañeza y oscuridad. Lo decía Allende hace cuarenta y siete años aquí en Guadalajara. Entonces cómo no sentirse convocados. Es un deber dinamitar con un poema, como los que escondía sor Juana bajo su velo, esa extrañeza y esa oscuridad que nos cubre desde hace siglos.

En Chile estaremos de elecciones presidenciales en unas pocas semanas más, y haciendo un paréntesis, que me perdone aquí la audiencia, debo invitar a los chilenos de esta sala a mirar las estrellas, a escuchar lo que sus voces sabias y luminosas nos dicen desde el pasado: No voten por Piñera. No voten por Piñera. No voten por Piñera.

Sor Juana Inés de la Cruz tenía cuarenta y seis años y cinco meses cuando falleció el 17 de abril de 1695. Murió en una celda de su convento víctima de una epidemia de peste junto a varias religiosas más. Sus últimos años, imagino, deben haber sido tristes y silenciosos. Alejada de las letras y de sus libros, obligada a abandonar su pluma, muerta en vida, así lo pienso, a sus cuarenta y seis años y cinco meses, edad tan fértil para una escritora, sólo dejó de respirar. Algo en ella, de seguro, ya había muerto. Hoy, 29 de noviembre de 2017, trecientos veinte dos años después, me encuentro aquí frente a ustedes, con mis cuarenta y seis años y cinco meses, la misma edad que Sor Juana tenía cuando murió, recibiendo este premio que lleva su nombre.

La coincidencia me perturbó bastante cuando la descubrí, debo decirlo.

Otra vez el terror y la paradoja.

Espero sinceramente no fallecer frente a ustedes luego de leer este discurso, o por lo menos no hacerlo antes de evidenciar por completo esta reencarnación momentánea que estoy experimentando. Creo sinceramente que en el mapa astral de la escritura, todas y todos estamos entrelazados por hilos invisibles, en una posta de saberes y letras, de contenidos e imágenes, de luces y de sombras, que comenzó hace tanto y de la cual sólo somos una pequeña estación.

Tengo la misma edad que Sor Juana tenía en el momento de morir y aquí, frente a ustedes, tomo su relevo y me comprometo a vivir largos y felices años, por todos los que ella no vivió. A escribir, con menos talento, sin duda, por todo lo que ella dejó de escribir. A leer todos los libros que ella no pudo leer. A disfrutar del terror. A disfrutar de la paradoja. A sacarme el velo de la cabeza, a botar el silicio, a intentar dinamitarlo todo con una ráfaga de poemas. A ser tan revolucionaria como ella pudo, y más. En mi calidad de médium, con el espíritu inmaculado que hoy reencarno para ustedes, en nombre de Sor Juana y en el mío, agradezco al jurado, a Cristina Rivera Garza, a Daniel Centeno Maldonado, a Eduardo Antonio Parra, a la Feria del Libro de Guadalajara, y a todos los presentes, por este momento luminoso que ahora mismo lanzo al futuro con la forma de una estrella.

Nona Fernández S.